Lamentablemente, en los últimos tiempos es más común escuchar sobre la violencia en nuestros estadios. Enfrentamientos de barras, destrucción de las infraestructuras de los estadios, y hasta muertos y heridos se han vuelto tópicos frecuentes en el mundo del fútbol.
Hinchas de un equipo vs. hinchas de una barra
Por: Rafa XII
Hasta hace unos once o doce años, era posible ver en Colombia a las parcialidades de los equipos de fútbol mezcladas en las tribunas de los estadios, sin que, salvo contadas excepciones, se produjeran incidentes violentos entre los hinchas. La gente iba en familia: el papá, la mamá y los niños, sin mayores problemas y hasta con sombrilla, por si llovía y la plata no alcanzaba para pagar una tribuna con techo. Si había un gol, el personaje de al lado se levantaba y celebraba la anotación, sin que su vecino del equipo rival se irritara ni pensara en buscarle pelea.
Con la llegada de la televisión por cable y los programas dedicados al fútbol, producidos en el Cono Sur, comenzaron a aparecer agrupaciones de seguidores que copiaban el estilo de las de los hinchas de los grandes equipos de Argentina, Uruguay, Chile e incluso Paraguay y Brasil. Las tribunas se fueron llenando de tiras de colores, de banderas y del sonido de instrumentos musicales como bombos y trompetas: al salir los equipos al terreno de juego, llovieron rollos de papel de registradora o papel picado, estalló pólvora, se encendieron bengalas, el humo de colores llenó el aire, y las barandas desnudas de antes se cubrieron con pancartas llamadas “trapos”. En ellas aparecieron los nombres de las agrupaciones de hinchas, las barras: Los del Sur, Comandos Azules, Barón Rojo, Disturbio Rojo, Guardia Albirroja Sur, Frente Radical Verdiblanco, Rexixtenxia Norte, Lobo Sur, Holocausto Norte, por mencionar algunos, se volvieron marcas registradas de las hinchadas más populares de Colombia.
Lo bueno y lo malo
Mirado desde el punto meramente estético, el espectáculo del fútbol ganó en cuanto a vistosidad, puesto que el golpe de vista que produce la parafernalia mencionada es espectacular. Se creó un ambiente de fiesta y colorido que antes no existía. Al generalizarse la comercialización de las camisetas de los equipos, las graderías se convirtieron en verdaderas “manchas” del color del club que estaba jugando, e incluso este fenómeno de ir a ver el partido con camiseta puesta se hizo extensivo a los partidos de selecciones nacionales. Hasta ahí, todo muy bonito.
Pero al lado de la fiesta y el colorido deportivo llegaron los efectos secundarios indeseables. Al estar las personas “uniformadas” con la camiseta del equipo de sus amores, se hizo fácil para sus adversarios el identificarlos dentro y fuera del estadio. Ese fue el punto de partida para la separación de las hinchadas. Ya no era tan tolerable que el vecino de al lado, vestido con otro color diferente al de uno, le gritara en la cara el gol que el rival acababa de anotarle al equipo de uno. La separación empezó a hacerse de manera espontánea y voluntaria, dejando en medio de los “manchones” de colores, un simple espacio vacío. Con el correr del tiempo, se hizo obligatoria la división, y en medio de la misma, fue necesario emplazar rejas con alambres de púas e hileras de policías armados hasta los dientes, para evitar que los seguidores se enfrentaran.
Las grandes barras empezaron a adueñarse de sectores de los estadios. Al estilo de las cárceles y de la vida de los bajos fondos, aparecieron “territorios exclusivos” para los integrantes de una hinchada. Los líderes de las barras se convirtieron en “capos”, como los cabecillas de las mafias o las bandas de matones, y las facciones de éstas se volvieron “parches”, como los grupos de gamines y atracadores. La seudopropiedad de las tribunas, en un país en el que ni siquiera los estadios pertenecen a los equipos, se volvió un asunto de orden público y las graderías de precios baratos se convirtieron en fortines en donde comenzaron a peligrar la integridad física y la vida de aquellos que no estuvieran de acuerdo con las “órdenes” de los “capos”, o la “filosofía” de las “bandas” y de los “parches”.
Al ser Nacional, América y Millonarios equipos con una gran cantidad de seguidores en todo el país, se ha hecho necesario extremar las medidas de seguridad en dondequiera que jueguen esos equipos, de local o de visitante. Sin embargo, esto no ha impedido graves enfrentamientos, antes, durante, después de los partidos, o en los viajes entre ciudades, con saldos de cientos de heridos y de no pocos muertos. No estamos generalizando ni diciendo que todos los asistentes a las tribunas populares sean así, pero por desgracia es común que en las barras haya gente armada y que se consuma alcohol y drogas, amén de los robos, puñal en mano, que se producen en dichas localidades. Ha sido necesario enfrentar lamentables hechos como estos con los escuadrones antidisturbios (ESMAD) que, si bien es cierto que en diferentes ocasiones se les ha ido la mano, es cierto también que no están enfrentando precisamente a coros de ángeles, sino a hordas de sujetos armados, borrachos, drogados y más de uno con muertos a la espalda o cuentas pendientes con la justicia por delitos graves.
Y algo todavía más malo…
Como si fuera poco, a la delincuencia y la violencia de las barras se les agregó el tinte regionalista, apoyado en un malinterpretado sentido de pertenencia, que a la vez se contradice con una falta absoluta de identidad, debido a la copia de modelos barristas extranjeros. Por cuenta del regionalismo, se ha llegado a que las barras amenacen o insulten a un jugador o un técnico por haber nacido en uno u otro departamento o región del país, sin importar si juega en el equipo rival o en el equipo propio. Así, barristas de Millonarios y América han tenido conductas desobligantes con jugadores paisas, olvidándose, por ejemplo, que un entrenador oriundo de Sopetrán y paisa hasta la médula como Gabriel Ochoa Uribe sacó campeones seis veces a los Embajadores y siete a los Escarlatas, y que jugadores antioqueños han sido grandes figuras en dichos equipos, como el caso de Francisco “Cobo” Zuluaga y Alejandro Brand en los azules, y Hernán Darío Herrera y Julián Vásquez en los rojos. Del mismo modo, las barras de Nacional han hecho lo propio con jugadores vallecaucanos de su propio equipo, como sucedió hace unos años con Héctor Hurtado y Néstor “Palmira” Salazar.
El tal “sentido de pertenencia” que enarbolan los radicales regionalistas, que dicen querer tanto su terruño, cae por el piso cuando empiezan a entonar cantos con acento argentinizado y a proferir expresiones que no tienen absolutamente nada que ver con la idiosincrasia colombiana, como “apretar”, “tener aguante”, “poner/tener huevos”, “ser amargo”, “arrugar”, “ser vigilante”, “copar la cancha”, “ser cosa de locos”, “cargar”, “sos mi vida”, “putear”, “xxxx es de la barra xxxx”, y demás foxsadas(*) venidas del sur del continente. Muchos barristas ni siquiera van a ver el partido, porque durante los noventa minutos se paran de espaldas al campo de juego. Ya no son hinchas de un equipo sino de una barra, de los discos que sacan con canciones copiadas de las versiones argentinas, del tal “aguante”, del pillaje y el vandalismo. Hemos llegado a un punto en que no solamente hay peleas a muerte entre la barra del equipo X y la del equipo Y, sino dentro de los integrantes de una misma barra. Esto ha hecho que la gente de bien, aquella que iba en familia a ver un partido de fútbol sin segundas intenciones, se alejara de los estadios, completando otro de los factores que han marcado la decadencia de nuestro balompié.
Los intentos de acabar con la violencia en los estadios, como Goles en Paz, en Bogotá, y campañas similares en otras ciudades, han logrado algunas cosas, eso es indiscutible. Pero de ahí a decir que a punta de encuentros, pactos de intención y papeles firmados entre “capos” se obtendrá la paz en el fútbol, hay una distancia abismal. En el Cono Sur llevan décadas lidiando con el problema y todavía no han podido eliminarlo, ni siquiera recurriendo a medidas drásticas, como prohibir el ingreso de hinchadas de los equipos visitantes. En Inglaterra, la patria de los temibles “hooligans”, fueron capaces de ponerles freno a los desmanes, que ocasionaron tragedias como la de 1985 en Bruselas, durante la final de la Liga de Campeones entre Juventus y Liverpool. Pero la diferencia entre la cultura británica y la(s) nuestra(s) es igualmente abismal. En un tema como este, por ahora, el panorama es desalentador. Sería absurdo instalar detectores de metales y equipos de rayos x a la entrada de los estadios para garantizar la seguridad en los escenarios deportivos. Ya no tendríamos que mentalizarnos para ver un partido de fútbol, sino hacer de cuenta que vamos a entrar a un búnker o a una prisión.
(*) Foxsada es un término “hechizo” para referirse a los argentinismos que utilizan en los programas de los canales de cable TyC Sports y Fox Sports Latin America.
Que mejor manera de reflejar uno de los “problemas” con los que se vive en el fútbol sudamericano. En Ecuador, por ejemplo, hemos tenido que lidiar hasta con la lamentable muerte de un niño, en el último Clásico del Astillero, por esta “guerra” entre barras. ¿En que se diferencian las barras mencionadas en el artículo de la Boca del Pozo, Sur OScura, Muerte Blanca, Marea Roja y otras del país?
Ojo, yo defiendo el concepto de amor por tu equipo, de la fiesta en las tribunas, pero las barras acá han copiado un mal ejemplo, y tendrían que reformarse de raíz para que sus idelaes sean hacia el equipo, no hacia las barras, para erradicar la violencia de ellas, para que el fútbol sea una fiesta, y no una guerra.